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| Fuente: Memorial Bergen-Belsen |
La historia está llena de riqueza cultural y de vacíos intercalados. Desde sus inicios las guerras, conflictos y políticas han destruido millones y millones de documentos que serían básicos para reconstruir nuestra historia. Desde el desastre de la destrucción de la biblioteca de Alejandría (océano de información incalculable) hasta la quema de libros por parte del régimen nazi, han sido muchos los silencios sobre esos libros prohibidos. Pero también existen los casos de los genios que por diferentes razones perdieron años de sus vidas para plasmar su sabiduría en tinta. Es el caso de los incansables Descartes y Leibnitz que aún conviviendo con una guerra en ciernes se mostraron prolíficos para nuestro deleite. Se ha perdido mucho, si, y más se perdió en un siglo con continuas guerras (el siglo XX) . Guerras “calientes” o “frías”. Que más da.
De ese despreciable siglo XX es el protagonista de esta reseña: Edmon Gimeno. Podría ser Paul Schneider, el "predicador de Buchenwald" el protagonista, o Jorge Semprún, o Robert Antelme, escritor y miembro de la resistencia francesa, o Bruno Bettelheim, psicólogo ,y así hasta 1583 deportados del campo de concentración de Buchenwald, que merecen ser protagonistas Para ellos también existe el recuerdo y extendiéndome más, para los millones y millones de personas que murieron de manera absurda. Por suerte Edmon Gimeno sobrevivió, pero se perdieron años de su sabiduría. En esos años recluido en Buchenwald y Bergen-Belsen se perdió la mayor virtud de Gimeno: La observación. A través de barrotes y oscuridad es difícil crear e imaginar, pero por suerte para todos los que amamos la observación, este magnífico geógrafo volvió con nosotros para quedarse. Gracias general Montgomery.
El señor Edmon Gimeno nació en Caseres (Terra Alta, provincia de Tarragona), hombre culto y refinado, doctor en Geografía e Historia que lee perfectamente el alemán. Así lo expresa también en su libro “Buchenwald, Dora, Bergen-Belsen. Vivencias de un deportado”, donde narra su experiencia. A Edmon la Guerra Civil le sorprendió durante las vacaciones de verano. Viendo el rumbo que tomaban los acontecimientos, su familia emigró a Francia. El padre colaboró con la resistencia, ofreciendo comida y alojamiento a los maquis. A finales de 1943, Edmon, a sus 20 años, fue detenido por los nazis acusado de actuar como enlace. Fue trasladado a la prisión de Biarritz y, más tarde, al Fort du Hâ, situado en Burdeos, un antiguo castillo habilitado como prisión en pésimas condiciones. Después fue trasladado a un campo de prisioneros en Compiègne. Es aquí donde comienza la odisea infernal de Gimeno. De este lugar partían los vagones de la muerte. Era el camino hacia el campo de concentración de Buchenwald, donde Edmon estuvo tan sólo un mes y medio, pues le trasladaron a otro campo en Alemania, Dora-Mittelbau, donde trabó gran amistad con otro deportado, Alberto Boix. En Dora trabajó de noche en la inmensa fábrica subterránea de armamento. Preparaban los cohetes V1 y V2, este último un mastodonte de varios metros. Hizo de casi todo, trabajó en la carga y descarga de trenes mercancías, en la cimentación de barracas, el vaciado de letrinas… Hacia el final de la deportación, Edmon Gimeno fue enviado al campo de Bergen-Belsen, pero pronto llegaron las tropas del citado Montgomery. Eran libres.
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| Fuente: Campo de concentración de Buchenwald |
Las vivencias vividas por Gimeno son la perfecta sinfonía del horror y de la incomprensión, pero también de la esperanza de un ser humano por la supervivencia. Alguno aún tiene pesadillas tanto tiempo después, pero Hitler y el horror nazi se extinguieron mientras que ellos siguieron con sus vidas. Es su triunfo sobre la barbarie.
Han transcurrido casi setenta años y son ya muy pocos los españoles que viven para contar cómo padecieron el horror nazi y la tortura en los campos de Hitler durante la Segunda Guerra Mundial. Su testimonio posee un gran valor, pues son las últimas voces que rememoran unos hechos históricos y las atrocidades cometidas.
A pesar de los años transcurridos, Gimeno lo recuerda todo perfectamente. Los escritores son los únicos capaces de mantener vivo el recuerdo de la muerte. En esos campos de concentración, que fueron nazis y después estalinistas, pueden encontrarse las raíces de la construcción de Europa. Es, por tanto, lugares ideales, únicos, para reflexionar sobre Europa, para meditar sobre su origen y sus valores. Para recordar a los jóvenes visitantes -miles cada año-, a los estudiantes del mundo entero que hacen allí cursillos de historia, que las raíces de Europa pueden encontrarse en ese lugar, en las huellas materiales del nazismo y el estalinismo, contra las cuales, precisamente, se inició la aventura de la construcción europea. Unas huellas visibles a simple vista: en lo alto de una colina, en medio de un bosque, triste y silencioso, en la chimenea de los crematorios, apagados para siempre, se recuerda a los millones de muertos de los campo nazi, a quienes encontraron su tumba en las nubes. Son lugares ideales para recordar el origen de Europa, pero también para pensar en su futuro, en este momento de crisis, involución, falta de aliento y empuje.
Cuando todos los testigos -deportados y resistentes- hayan desaparecido, pronto, de aquí a unos años, permanecerá todavía una memoria viva, personal, de la experiencia de los campos de concentración, una memoria que nos sobrevivirá. El último que recordará, mucho después de nuestra muerte, será uno de esos niños que hemos visto cientos y cientos de veces en documentales, artículos o fotos de revistas, que vimos llegar a esos campos evacuados, después de haber sobrevivido milagrosamente al frío, el hambre, el viaje interminable en vagones de mercancías, con frecuencia a la intemperie, para dar testimonio en nombre de todos los desaparecidos, los náufragos y los escapados, los judíos y los no judíos ,las mujeres y los hombres. Va por usted, Sr. Gimeno. Descanse en paz.
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| Fuente: Restos del puente ferroviario sobre el Zorge para la vía férrea del propio campamento de Mittelbau-Dora |



