|
|
Fuente: Ryszard Kapuscinski, escritor, viajero, autor de excelentes reportajes |
Una inteligente mezcla de historia y actualidad permite distraer
cualquier texto viajero que se precie. En ocasiones, el peso de la obra se
apoya más en la Historia, en la medida en que el viajero se limita a
rememorar mediante la visita de los lugares pertinentes, los hechos o
individuos que los han situado en el mapa geográfico, iconográfico o
sentimental del lector. En otras ocasiones, el recurso a la Historia es un
simple atavío para centrar al lector en los sucesos de quien escribe. Por
último, cuando éstas carecen de interés (o el autor no es capaz de
transmitirlo) el texto únicamente tiene de interés su vertiente
rememorativa.
Pienso que es esta última categoría en la que puede ubicarse la obra de
Kapuscinski, “Viajes con Heródoto”.
Kapuscinski se centra en la obra de Heródoto, cuya lectura le acompañó en
la aislada vida de corresponsal extranjero. Como él mismo afirma, el
personaje del historiador griego se le hizo tan familiar como el de muchas
personas a las que había tratado en vida, llegando a identificarse con su
forma de pensar y sentir el mundo. De ahí, que gran parte de su interés se
centre, no sólo en las narraciones recogidas en la Historia sino en la
propia vida y persona del hombre que la iluminó.
Quién era, cómo vivía, si viajaba solo o acompañado, si tomaba notas o
poseía una extraordinaria memoria, son las preguntas que, perdido en la
selva en medio de una guerra tribal o en la destartalada habitación de un
hotel, se hace Kapuscinski. También se interesa por los secretos del genio
de Halicarnaso. Por ejemplo se toma su tiempo para esclarecer cómo
pudieron los babilonios matar a la mayoría de sus mujeres e hijos para
reducir el número de bocas a alimentar antes del asedio de la ciudad por
el rey persa Darío, o qué se sufre cuando se es empalado o cuando se
pierde el favor de los dioses.
Y es que Heródoto, pese a lo colosal de su obra, es un narrador brillante
y conciso. No se detiene en detalles, salvo aquellos que resulten
imprescindibles para la comprensión del texto. Tampoco le importan los
sentimientos, no escribe para una comunidad que desconoce el significado
del dolor físico o del hambre o de la muerte violenta. Para los lectores
de la época, no era información destacada la brutalidad de la guerra o los
sentimientos de un padre que debe ver morir a sus hijos. Sólo aquellos
comportamientos propios de los bárbaros merecen una cierta atención por
parte de Heródoto, sobre el resto solo existe el silencio.
A su público le importan más las grandes gestas y la epopeya de los reyes,
de los ancestros y las miserias cotidianas las encuentran constantemente y
no necesitan más propaganda.
Para Heródoto, lo fundamental resulta conocer al vecino y comprenderlo.
Nunca juzga ni califica los comportamientos ajenos; sólo investiga y trata
de resolver lo que es real y lo que no es de entre las innumerables
informaciones que le llegan. Si llega al camino de la verdad absoluta eso
es muy relativo, pero ahí están sus métodos. Precisamente, este afán por
la verdad es una de las mayores lecciones que Kapuscinski extrae de la
Historia. Heródoto trata de constatar y comparar todas sus fuentes. Cuando
puede, realiza comprobaciones personales, cuando no, lo indica en su texto
(“según dicen, así he oído, al decir de muchos”). Esta actitud le lleva a
relacionar su tarea con la del periodista o investigador moderno que debe
mantenerse objetivo y describir lo que ve sin juicios agregados.
|
|
Fuente: Ryszard Kapuscinski, autor/escritor, en el Congreso del PEN |
Otra de las enseñanzas de Heródoto es el concepto de otredad. El bárbaro,
lo es en oposición a nosotros. Nos definimos en relación a otros. Tal raza
entierra a sus muertos, y tal raza los quema . Nada es mejor ni peor, sólo
diferente en relación a lo que nosotros hacemos. El mundo Mediterráneo,
encerrado hoy en día, era en tiempos de Heródoto, un poblado global como
pueda serlo hoy nuestro planeta. La inmigración era una realidad más
rotunda que en nuestros tiempos. Estos fundaban ciudades o emporios en
territorios extranjeros, regidas por las mismas leyes del país del que
provenían sus habitantes.
Ante esta realidad, el historiador griego muestra el camino de la
tolerancia del otro, como único modo para evitar una lucha
fratricida como la que enfrentaba a griegos y persas o a atenienses y
espartanos. Kapuscinski no contesta a la pregunta de si Heródoto era un
relativista moral, aunque con toda seguridad, admitiría límites por el
respeto.
He llegado a la conclusión de que Kapuscinski leía a Heródoto porque al
proponerse cuestiones que siguen siendo de actualidad, obtenía enseñanzas
que perduran. Un escritor polaco del siglo XX y un historiador griego del
siglo V a.c se encuentran en el mismo trayecto y ante las mismas
cuestiones, con más de dos mil años de diferencia. De sus reflexiones no
obtendremos la respuesta definitiva (¿pero es posible que exista?) a
muchas de ellas, pero sí que progresaremos en nuestra comprensión de los
problemas.

